A las costureras

Publicado el 09/04/2021

Texto originalmente publicado en Medium

Mi chamarra morada se rompió después de que cientos de personas, ante el rumor de que era su último concierto en nuestro país, decidimos saltar las vallas que dividían la locación general de la VIP en el segundo concierto de Iron Maiden en el 2009. Me di cuenta del daño terrible al quitarme la chaqueta en mi casa: las mangas no resistieron los tirones producto de la euforia y se rasgaron. Una lastima que ese gran motivo de ver más de cerca a la banda que decidió regresar a Colombia en el cierre de su gira hubiese estropeado mi chaqueta favorita. Pero bueno, para ese momento ya contaba con una costurera de confianza que me arreglaba la ropa según mis gustos y mi estilo. Decidí llevársela.

No recuerdo su nombre, pero recuerdo muy bien que la conocí buscando una costurera que me entubara los pantalones en una época en la que la tendencia era la bota campana. Arregló mis pantalones, principalmente, y algunas otras prendas más por cerca de cuatro años, hasta el incidente de la chamarra por el que decidí dejar de encargarle el arreglo de mi ropa. Ella intentó reparar mi chaqueta, pero no tuvo en cuenta haberme dicho antes de hacerlo que ella no contaba con la máquina adecuada. Cuando fui a recogerla y vi las puntadas apiñadas y el poliuretano fruncido le pregunté qué había pasado, porque las mangas estaban más dañadas que antes. Ella un poco nerviosa porque notó mi molestia me explicó que para coser cuerina se necesita una máquina especial, pero que igual quiso hacer el intento pues pensó que como no era de cuero tal vez ella podría repararla. Salí muy molesta de su casa después de decirle que no le pagaría por el trabajo porque no había reparado la chaqueta. Hasta hace muy poco me di cuenta de que esa costurera me permitió mi expresión propia durante la adolescencia a través de la ropa. Después de tantas reparaciones y reajustes indumentarios esa no fue una forma justa de despedirnos.

Me resistí a deshacerme de la chaqueta con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera repararla. Estuvo en mi clóset por más de un año, porque después de preguntar a varias costureras e incluso a marroquineros si podían repararla no había encontrado a nadie que pudiera hacerlo; las costureras decían que eso difícilmente tenía arreglo y los marroquineros decían que como era de material sintético sus máquinas la terminarían de dañar. Pero un día mi papá me dijo que creía conocer a la persona que podía repararla, un sastre que él conocía en el barrio San Marcos, que según sabía era muy bueno y tenía una trayectoria de varias décadas. Nos fuimos a llevar la chaqueta y tan pronto se la mostré el sastre, me dijo: “Uy! ¿pero usted a quién se la llevó, a una costurera? Se nota porque ese cosido todo mal hecho es pura puntada de mujer, que tienen mala mano. Yo se la puedo arreglar, pero que le quede de lección que las mujeres no saben coser.” En efecto el tipo la arregló y quedó perfecta, una costura muy sutil que desapareció por completo cualquier vestigio de que ahí hubo una rasgadura. Aunque arregló mi chaqueta, yo no quise volver nunca a encargarle nada porque su comentario machista me dejó totalmente descolocada.  Me hizo mucho ruido ese desdén con el que se refirió a las costureras, incluso como si la palabra “costurera” fuera un insulto en sí misma que denotara menor rango. También me desconcertó su afirmación de que las mujeres no saben coser, ¿cómo así, no era acaso que las costuras y la elaboración de vestuario era algo eminentemente feminizado?

El desprecio de ciertos sastres conservadores por la labor de las costureras es generalizado. Nada más hay que notar cómo marcan sus plazas de trabajo: después de varios años de observar la calle he notado que los lugares marcados con un letrero grande que dice “sastrería” usualmente están conducidos por hombres –para ser sincera no he visto la primera sastrería de barrio cuya regente sea una mujer, aunque es probable que la haya. En cambio los lugares con un letrero, muchas veces una cartulina escrita a mano y pegada en una ventana, que dice “se hacen arreglos”, son los puestos de trabajo de las costureras (que en ocasiones es su propia casa). El trabajo del sastre se percibe como más valioso, y en mi experiencia usualmente por el mismo trabajo las costureras suelen cobrar mucho menos.

Años después del episodio con el sastre que arregló mi chamara entendí el desprecio que sus palabras guardaban hacia las costureras: la sastrería, como sucede con muchas otras disciplinas, es una labor que históricamente han desempeñado los hombres. Es un oficio tecnificado y reconocido, que para poder ser llevado a cabo requiere de preparación, a la que por supuesto durante mucho tiempo las mujeres no tuvieron acceso por ser de mayor aplicación, ciencia y trabajo, como dice Aída Martínez Carreño en “Con aguja y dedal.”  Los oficios calificados como tal eran inaccesibles para las mujeres, consideradas intelectual y físicamente incapaces. Las mujeres en Colombia pudieron realizar labores “menores” emparentadas con lo textil y la confección que no requirieran de mayor preparación como elaboración de bordados decorativos, hechura de puños y cuellos, tejido de calcetines y calcetas, elaboración de encajes. Pero hasta finales del siglo XIX no pudieron acceder a formación que les permitiera hacer trajes. Las primeras mujeres modistas del país fueron algunas francesas radicadas aquí y luego otras mujeres de clases más acomodadas, como nos cuenta la historiadora en el mencionado artículo.

En la película “La noche de los lápices” el personaje de María Claudia Falcone respondía con ironía a la petición de su padre de guardar bajo perfil por un tiempo mientras el ambiente político con los estudiantes se calmaba diciéndole “¿Qué me estás pidiendo entonces? largo todo y me meto en un curso de corte y confección.” La joven era estudiante de bellas artes, supongo que este detalle en el guión de la película tenía la intención de demostrar las ansias de ampliar las posibilidades para las mujeres en la época. Recuerdo mucho esta parte pues la vi durante mi adolescencia, en un momento en el que ya estaba próxima a decidir la carrera universitaria que estudiaría. Crecí en una familia con varias costureras, incluso mi abuela era modista, pero su labor siempre fue percibida con cierto desdén, también por ellas mismas. Un desdén que al parecer era generalizado, según sentí en la línea del guión de la película. Mi tía-abuela, quien me crió, siempre le decía a mi madre a quien también crió “estudie para que no le toque ni la cocina ni las costuras.” En ese ambiente para mí fue disyuntiva: o aprendía costura o me preparaba para graduarme de una carrera universitaria. Aunque yo misma no aprendí de mi tía-abuela a ser costurera, una siempre estuvo presente en mi vida y es un conocimiento que siempre he anhelado. Para mí poder ajustar y reformar la propia ropa significa independencia. Me gustaría haber valorado ese conocimiento antes porque, qué ironía, ahora que tengo un título universitario me dedico a buscar ropa usada que muchas veces tengo que remendar.

Hace un par de semanas Diana Gómez, la diseñadora de LISH clothing posteó una publicación muy bella sobre los bolsillos de la ropa, era un texto muy poético sobre ese rinconcito. Le comenté que mi abuela no soportaba que un saco no tuviera bolsillos, pero ella que era una mujer resuelta siempre les abría huecos y se los cosía ella misma. Diana me respondió diciendo que mi abuela era una revolucionaria por hacer de la ropa lo que ella necesitaba y por construirlo ella misma con sus manos. Hasta ese momento yo siempre había recordado esa práctica de mi abuela como una anécdota divertida, pero Diana me hizo verlo de otra forma. De hecho Diana, quien también cose y a cuyas reflexiones llega desde la máquina de coser, me hizo ver ese carácter muy potente de la labor de las costureras. De repente todo tuvo sentido para mí: las costureras siempre presentes en mi vida me han posibilitado hacer de la ropa lo que yo necesito, lo que muchos necesitamos. ¿O es que cuantos de nosotros no sabemos de antemano a la compra de una prenda que su costo total subirá un poco, de acuerdo a lo que cueste el respectivo ajuste que hará que la prenda sí nos quede a nosotros? Las costureras vuelven a personalizar las prendas que fueron hechas con un tallaje estandarizado para que esa bota sí nos quede al tobillo, la manga llegue a nuestras muñecas, la blusa entalle o ceda (si la cantidad de tela lo permite) a la cintura, la camisa llegue hasta la cadera. Pero no sólo ajustan ropa nueva, renuevan la vida de las prendas que ya tenemos: voltean los puños y cuellos percudidos o rotos de la camisas y chaquetas, zurcen la entrepierna de los pantalones, cosen los bolsillos, reparan los dobladillos desgastados, vuelven a hacer las costuras que se deshacen con el uso y bueno, un montón de cosas más que seguro estoy olvidando. Son creadoras de posibilidades: cuando tengo la intuición de que una prenda podría tener algún ajuste que desconozco, la llevo a la costurera y ella me ha explicado qué podemos hacer para reparar el daño.

Hay un dicho que dice “se le notan las costuras” y se denota virtud cuando a algo justamente no se le notan. Es un dicho que por supuesto no se usa sólo en el ámbito indumentario, sino una expresión que se aplica a muchas situaciones. Pero en el ámbito indumentario igual es un dicho que aplica porque la virtud de un vestido es calificada por el producto visual de su conjunto, un poco por las costuras pero sólo para evaluar la calidad de la manufactura, no para emitir un juicio de valor sobre la prenda. Lo que importa es la o el modisto, la persona que confecciona, y no o no tanto la mujer que lo cose. Quizá por eso las costureras pasan tan desapercibidas, porque la virtud de su trabajo consiste justamente en que no se note su trabajo.

Hoy, 13 de Octubre, después de ocho meses de no pasar donde la señora Socorro, la costurera que arregla la ropa para mi proyecto de recuperación indumentaria www.retornoindumentaria.com, volví con cierta expectación. Hablamos de cómo habían estado los meses previos y qué venía ahora para nosotras dos, pues le conté que estoy trabajando en varias novedades para el proyecto y que retomé las búsquedas de ropa, entonces seguramente vienen varias prendas que tendrán que pasar por sus manos reparadoras. Llevé prendas para que repare y otras para que reforme. Mientras tomaba las medidas de las que va a reformar le pregunté si ella sabía que mañana es el día internacional de la costurera. Con sorpresa me dijo que no tenía ni idea de que había una fecha para celebrar su oficio, pero que le parece apenas lógico pues su labor es muy importante. Me alegré mucho del orgullo con el que dijo “muy importante”, un sentimiento que hubiera querido que sintieran las costureras de mi familia. Una labor que consiste nada más y nada menos que en hacer que la ropa se adapte a las personas que van vestirla, justo como debería ser y no como un sistema de tallaje idealizado nos lo ha impuesto: nuestros cuerpos se adaptan o no a la talla ideal. En la coyuntura actual ella ha señalado una nueva razón de la importancia de su oficio, pues ha sabido analizar que la gente de nuestro barrio no tiene presupuesto este año para comprar ropa nueva y que tiene que reformar la ropa que ya tiene. Su trabajo está tomando fuerza nuevamente porque ya empezamos a acudir a ella para que repare la ropa que ya tenemos y darle esa nueva oportunidad que habíamos evitado por cuenta de que igual podíamos estrenar y seguir dejando ese pantalón por reparar en la lista de pendientes. “El que remienda no estrena” no había sido tan interpelado desde hacía tanto tiempo: para muchos ahora más bien el “estrén” de este año podría consistir justamente en remendar lo que ya tienen. Doña Socorro y todas las costureras de los barrios estarán allí para hacer posible esa oportunidad. Que hoy sea un día para recordar la dignidad de la labor de todas ellas.

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